¿ACCESO UNIVERSAL?

¿ACCESO UNIVERSAL?

“Nunca entiendes realmente a una persona hasta que consideras las cosas desde su punto de vista… Hasta que te metes en su piel y caminas con ella”. – Harper Lee, Matar a un Ruiseñor.

Todos en algún punto de nuestras vidas dejamos de sumergirnos en la cotidianidad y nos damos cuenta, aunque sea por unos minutos, de la realidad que pueden estar viviendo algunas personas, al observarlas en la calle, o al ver una película en donde alguien lucha por salir adelante, y luego seguimos con nuestras actividades, pero, ¿cuándo realmente tratamos de ver el mundo desde la perspectiva de alguien más? En éste artículo, trataré de narrar brevemente mi experiencia en una silla de ruedas para experimentar en carne propia lo difícil que puede ser ingresar al Parque Central de Quetzaltenango e incluso andar por las calles de piedra alrededor del Centro Histórico.

La mañana del sábado 8 de octubre del 2016, después de sacar la silla de ruedas del carro, ponerme un par de guantes y sentir un poco de nervios en el estómago, me senté en la silla a iniciar el trayecto. Cerca de la 14 avenida, tuve que subirme en la estrecha acera porque en la calle hubiera sido muy costoso, mi mejor amiga, Daniela fue la encargada de grabarme para documentar todo, siempre trató de que no se notara mucho que me estaba grabando. No encontré ninguna rampa al llegar a la esquina de la Curacao para bajarme y cruzar la calle, así que dos amables mujeres sujetaron la silla y me cargaron, al colocarme de nuevo en la silla que estaba en el suelo, la silla de ruedas cayó un poco y me golpeó, lo único que pude hacer fue agradecerles por el gesto.

No fue difícil escalar la siguiente acera a la que subí, Daniela me ayudaba mucho, me empujaba todo el tiempo, y más aún después de que los guantes que llevaba se rompieran, haciendo inevitable el ardor causado por la fricción del contacto constante con las llantas; al llegar a la esquina en medio del Pasaje Enríquez, y el hotel Villa Real, se encuentra un paso de cebra debajo de un semáforo, así que pensé que no sería difícil cruzar, pero me di cuenta que sin la ayuda de Daniela me hubiera resultado casi imposible.

Después de lo que pareció ser una eternidad, pude llegar al Parque Central, pero la silla topaba con la orilla así que una mujer de la tercera edad me ayudó junto con su nieto, a bajarme, su acto altruista era admirable pero sus habilidades para cargar la silla conmigo en ella no, casi me dan vuelta y estuve a punto de bajar mi pie para sostenerme, no lo hice, pues lograron encontrar equilibrio; después de unos minutos me encontré dando vueltas en el Parque Central.

Noté que algunas partes tenían más pendiente que otras y esto hacía que mis brazos dolieran por ratos. Al llegar al área cercana a la Casa de la Cultura, cerca de los baños públicos, me di cuenta que era improbable que pudiera bajar sola, una señora se me acercó y después de acariciarme cariñosamente la cabeza me advirtió que para poder bajar tendría que descender por otro lado.

Cada vuelta al parque era diferente, una vuelta y las personas me ayudaban a llegar a donde yo quisiera, otra vuelta y miradas llenas de lástima se fijaban en mí, una vuelta más y una pequeña niña le preguntaba a su padre por qué yo estaba sentada en esa peculiar silla; quise intentar desplazarme sola, así que le dije a Daniela que no me empujara más, un señor no tardó en fijarse y regañar a mi amiga por su desconsiderado acto.

Daniela se alejó unos minutos para tomar fotografías, pero como no podía salir del parque sola decidí esperarla dentro, me di cuenta de las abnegadas acciones del pueblo quetzalteco, pues muchas personas se acercaron a preguntarme si necesitaba algún tipo de ayuda, a ofrecerme su teléfono para llamar a alguien y a preguntarme si podían llevarme a algún lado; salí del parque cuando Daniela volvió, con ayuda por supuesto, y nos dirigimos a la calle junto al café Barista porque la acera era demasiado estrecha, logré subir sola a una rampa pero después de un par de metros, el camino fue interrumpido por un poste colocado en medio de la acera, dos jóvenes me ayudaron a bajar con la silla, pasar el poste y volver a la acera; al cabo de un rato decidí ir a la calle de piedra al fondo del Parque Central así que, con ayuda, bajamos de la acera. Siempre me han gustado las calles de piedra de la ciudad pero me di cuenta que son muy poco funcionales para una persona con silla de ruedas, no podía avanzar rápido y una de las llantas de la silla se hundió en un hoyo a media calle, los autos querían pasar pero no podíamos mover la silla, una señora que paseaba con sus hijos nos vio luchar tratando de sacar la llanta, detuvo aún más el tráfico al ver que los desesperados conductores de buses y demás autos hacían sonar sus bocinas con disgusto, su hijo más pequeño y mi amiga lograron moverme, me sentí completamente dependiente.

Cuando decidí que era hora de volver, mi amiga y yo, nos encaminamos a una calle muy poco transitada, y detrás de un callejón, bajé de la silla sin que nadie me viera, le agradecí a Dios porque yo podía decidir cuándo bajar y dejar de vivir dependiendo casi totalmente de una silla de ruedas para moverme. Una experiencia de este tipo da un panorama distinto acerca de la movilidad autónoma. Me sorprendí con la gran cantidad de ayuda que recibí; sin embargo, quisiera agregar el hecho de que distintos factores sociales, de género, facilitaron el recorrido, adicional a esto, contaba con ayuda de una acompañante y era día de plaza por lo que el parque se encontraba con muchas personas; siendo estos, factores que aseguro, simplificaron la experiencia. Una experiencia que me marcó, me hizo vivir en carne propia lo que personas viven a diario y me hizo valorar una innumerable cantidad de aspectos más allá de la movilidad en mis piernas.

Brigitte Karina Palacios Mérida

Desde muy temprana edad ha presentado especial interés en temas relacionados al arte, el diseño y el servicio social. Cuenta con Pensum cerrado de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Mesoamericana de Quetzaltenango. Ha sido parte de cátedras, ponencias, congresos y diplomados técnicos ligados a la arquitectura. Ha participado en una serie de concursos, entre ellos, obtuvo mención en el diseño del Mercado de Quetzaltenango, un centro eco turístico para la ciudad, y concursos de mobiliario urbano en la ciudad de Guatemala. Obtuvo el primer lugar en el concurso para el diseño del edificio de la Cámara de Comercio de Quetzaltenango y el tercer lugar en el concurso de la nueva fachada del edificio El Triángulo en Huehuetenango. Apoyó en el desarrollo del diseño de la Biblioteca Pública de Quetzaltenango. Fungió como Directora de Urbanismo en SBX (Sacándole Brillo a Xela). Actualmente es colaboradora en TORUS en la ciudad de Guatemala.

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