DERECHO A LA CIUDAD: Un Absurdo

DERECHO A LA CIUDAD: Un Absurdo

No existe tal cosa como un “derecho a la ciudad”, este slogan es una invención del pensador Henry Lefebvre. No amerita siquiera la categorización de “concepto” pues, como pronto explicare, es un menjurje de ideas tergiversadas que han logrado obscurecer el carácter principal del urbanismo: el diseño. Lefebvre describió este brebaje como la apoteosis de la sociedad, y lamentablemente, muchos le han tomado en serio.

No es de extrañar que esto haya sucedido, pues la disciplina urbana trata sobre el estudio de la arquitectura de la ciudad. Y dado que la ciudad es una asociación de hombres libres, muchos han obviado a los hombres como individuos y se han concentrado en la asociación como masa, aludiendo a la falsa moralidad del altruismo cómo última instancia para excusar la intervención estatal; generando así una peligrosa inclinación al dogma marxista, que no ha hecho más que desacelerar, y a veces frenar, el desarrollo de las ciudades, incluyendo la nuestra.

Lefebvre fue un ávido exponente de este tema (el marxismo), su gracia radica en la apropiación de la urbe desarrollada en su famosos le droit a la ville. En estos escritos explica como este supuesto derecho surge debido a la demanda de la sociedad por la ciudad. Como todo buen marxista, Lefebvre considera que los derechos son una construcción social, es decir, que los derechos son la demanda del vox populi, y que alguien debe de satisfacérselos.

Al depurar la retórica marxista de Lefebvre, sus mentiras quedan al descubierto. Su derecho no es un derecho, sino tan solo un pseudo-derecho, debido a que un genuino derecho no puede violentar otros derechos, por que entraría en contradicción con la definición del mismo.

Lefebvre deriva sus conceptos de una idea que nació muerta: el marxismo. Digo que nació muerta, ya que desde 1870 el mismo Marx se dio cuenta que su teoría publicada en Das Kapital estaba equivocada debido a la teoría de utilidad marginal desarrollada por William Stanley Jevons, Léon Walras y Carl Menger; quienes llegaron a la misma conclusión a través de caminos separados. Por esta razón, Marx, habrá decidido abstenerse de publicar los dos tomos restantes, primero tendría que refutar la teoría de utilidad marginal.

Luego de la muerte de Marx, Engels, como buen fanático (llegó incluso a reconocer como propio al bastardo de Karl), publica en 1885 y 1894 los tomos restantes, ausentes de refutación alguna.

La teoría del valor-trabajo la toma Marx de David Ricardo, esta explica que el valor de los bienes y servicios depende del costo de su producción, o sea, del trabajo invertido en producirlas. En donde las cosas valen más porque cuesta más producirlas, o valen menos porque cuesta menos producirlas. Debido a esto Marx concluye que si el valor viene del trabajo entonces la ganancia del capitalista es la plusvalía que extrae del trabajador. En otras palabras, el valor va del productor al consumidor. Lo que quiere decir que el empresario se queda con las ganancias mientras quienes han creado todo el valor sólo recibe una pequeña remuneración. ¿Cómo soluciona esta supuesta injusticia? Expoliando a los explotadores para devolverle sus derechos a la clase obrera a través de la revolución socialista. Movimiento que ha tenido consecuencias trágicas y sangrientas a lo largo de todo el siglo XX. Y todo gracias a una idea errónea del valor. La teoría del valor trabajo no permite explicar las valoraciones de muchas cosas. Como ¿Por qué algunos trabajos que requieren menor esfuerzo físico son mejor remunerados que otros que si lo requiere? O ¿Por qué si me encuentro un billete, que no me ha costado nada producir, continua valiendo lo mismo? O ¿Por qué los diamantes valen más que el agua? Adam Smith lo expuso así:

“Nada es más útil que el agua; pero ésta no comprará nada; nada de valor puede ser intercambiado por ella. Un diamante, por el contrario, tiene escaso valor de uso; pero una gran cantidad de otros bienes pueden ser frecuentemente intercambiados por este.”1

En este caso, si los costos de producción del agua y los diamantes fuesen los mismos: si el costo de construir infraestructura para proveer de agua y el costo de construir una mina fuesen iguales. Los diamantes mantienen mucho más alto su valor que el agua. Por lo que en realidad el valor de estos bienes no depende de cuánto se invirtió en su obtención.

La teoría de utilidad marginal logra responder y explicar por qué valoramos más unos bienes que otros. Esta explica que es nuestra valoración subjetiva-individual de las cosas lo que define el valor de las mismas. Nuestra valoración subjetiva con respecto a la capacidad que estas tengan de satisfacer nuestras necesidades y en relación a que tan escasas se encuentren en nuestro contexto. O sea, es el consumidor quien establece el valor de los bienes y servicios y no el productor, como pensaba Ricardo.

A manera de ejemplo: imagínense todo el proceso productivo que conlleva elaborar una botella de coca cola. Necesita de caña de azúcar, la cual hay que cosechar, procesar y refinar. Necesita de petróleo que debe ser procesado para convertirlo en plástico y una fábrica que moldee las botellas. Se necesita agua, la cual debe de poder transportarse al lugar donde se mezclaran todos los demás ingredientes y se embotellará el líquido. La teoría del valor-trabajo diría que se le agrega valor conforme se le agrega trabajo con cada etapa de producción hasta el momento en que se le vende al consumidor. Pero ¿qué pasaría si el día de mañana la gente deja de consumir coca cola?, por cualquier motivo, ya sea que todas las personas se vuelven diabéticas o resulta que se analizó la composición química del azúcar y se descubre que esta produce cáncer, motivando a muchas personas a dejar de consumirla. La coca cola ya no tendría ningún valor. Ni siquiera el trabajo para realizarla tendría valor. Porque no habría nadie dispuesto a pagar por ella. Esto quiere decir que lo que le da valor a la coca cola y todo el trabajo que se requiere para hacerla es la valoración última del consumidor.

Es por esto que, el que Lefebvre use a Marx como base para sustentar sus teorías es tan absurdo como el decidir realizar un juego de planos en Paint.
Al existir una “demanda” social sobre un bien tangible-intangible debe de existir quien se lo provea: el buen legislador. Generando así, la excusa perfecta de la delegación del poder de acción del individuo al ordenador falaz, en nuestro caso al supuesto urbanista. Ya que es este quien es capaz de decidir aquello que puede satisfacer los “derechos” de la sociedad: derecho al trabajo, derecho a entrenamiento y educación, derecho a la salud, derecho a la vivienda, derecho al ocio, y de último, por considerarlo menos valioso quizá, derecho a la vida; Con el fin que la sociedad pueda hacer uso de esa falsa libertad apellidada positiva.

Mucha razón tenía Bastiat al criticar la “libertad” de los socialistas:

“¿En dónde queda la libertad cuando el legislador se vuelve omnipotente, cuando inventa, dirige, impulsa y organiza? A la humanidad solamente le corresponde dejar que la dirijan, la impulsen y la organicen. Ha sonado la hora del despotismo”2

El despotismo lefebvriano prescribe para la sociedad la creación de una “institución” capaz de ordenar la sociedad de manera centralizada:

“The realization of urban society calls for a planning oriented towards social needs, those of urban society. It necessitates a science of the city (of relation and correlations in urban life). Although necessary, these conditions are not sufficient. A social and political force capable of putting these means into oeuvres is equally indispensable.”

“(…) These rights which are not well recognized, progressively become customary before being inscribed into formalized codes. They would change reality if they entered into social practice: right to work, to training and education, to health, housing, leisure, to life. Among these rights in the makin features the right to the city (no to the ancient city, but to urban life, to renewed centrality (…)”3

Si esto les suena a un POT o a una agenda urbana, es porque ya están empezando a comprender el origen de las mismas.
Lefebvre comete el error (filosófico) de no validar las ideas sobre las que construye su teoría. Tomó como a priori los falsos conceptos de sociedad del socialismo y desarrolló un modelo fantasioso, que de aplicarse en su totalidad se autodestruiría.

Uno de estos falsos conceptos es el de “derecho”. Para los marxistas estos son una construcción social, es decir que los derechos no provienen de las características naturales del ser humano, sino de la decisión de unas cuantas personas. En donde si un grupo decide que ciertas personas ya no poseen ciertos derechos estos ya no los tendran. Para entender a profundidad esto, primero debemos preguntarnos lo que Lefebvre no hizo: ¿Estará el concepto de Marx equivocado? Bastiat nos da una buena explicación de porqué el concepto marxista de derecho está equivocado al explicarnos lo que un derecho realmente es:

“¿Qué es, entonces, la ley? (…) La naturaleza confiere a cada uno de nosotros el derecho de defender su persona, su libertad y su propiedad, puesto que son estos los tres elementos constitutivos o conservadores de la vida, elementos que se completan entre sí, de tal forma que la comprensión de cada uno requiere la conciencia de los otros dos. En efecto, nuestra propiedad es una prolongación de nuestras facultades.

Si cada hombre goza del derecho de defender, incluso por la fuerza si es preciso, su persona, su libertad y su propiedad, varios hombres gozan del derecho de concertarse, de entenderse, de organizar una fuerza común para proveer esa defensa con regularidad. Luego, el derecho colectivo deriva su principio, su razón de ser, su legitimidad del derecho individual. Y la fuerza común no puede, racionalmente, poseer otra finalidad, otra misión que las fuerzas aisladas que reemplaza.

Así como no puede ser legítimo que un individuo utilice su propia fuerza para atentar contra la persona, la libertad y la propiedad de otro, tampoco, por la misma razón, puede ser legítimo que la sociedad utilice la fuerza común para agredir la persona, la libertad y la propiedad de los individuos o los grupos. Tanto en el caso individual como en el caso colectivo, esta perversión de la fuerza sería una contradicción de nuestras premisas.

¿Quién se atrevería a afirmar que el don de la fuerza nos fue dado, no para defender nuestros derechos, sino para aniquilar los derechos iguales de nuestros hermanos? Y si ello no puede ser cierto cuando se trata de la fuerza individual, que actúa aisladamente, ¿cómo puede ser cierto cuando se trata de la fuerza colectiva, que no es más que la asociación organizada de las fuerzas individuales?
Por lo tanto, esto es evidente: la ley es la organización del derecho natural en legítima defensa. (…)”4

Entonces ¿qué significa, digamos, el derecho a la vivienda? ¿Significará que es necesario expoliar a nuestro vecino para que se nos provea de una casa? En términos lefebvrianos este es una demanda social a la vivienda, ¿una demanda hacia quién? Pues hacia el legislador ¿y cómo obtiene recursos el legislador para crear vivienda? A través de expoliación de la plusvalía, ¿y que es la expoliación de la plusvalía? No es más que el uso de la fuerza para expropiar a los ciudadanos de aquello que le pertenece por legítimo derecho.

En otras palabras, el legislador para poder satisfacer la demanda habitacional de la ciudad, necesita violentar los derechos de los ciudadanos. Supongamos a un “urbanista” que, luego de su omnipresente análisis, decide que para construir “vida urbana” es necesario que futuros proyectos posean un porcentaje de vivienda cuyo valor sea un décimo del valor real de las mismas; Por lo que crea una regulación para forzar a los desarrolladores a cumplirla. Quien se embarque en algún proyecto inmobiliario luego de esta regulación encontrará que su cálculo económico es insostenible, ya que los precios se han fijado evitando que se pueda crear valor, por lo que no se verá motivado al desarrollo de dichos proyectos. Para evitar esto, el regulador opta por subsidiar este tipo de vivienda, reactivando así el incentivo de desarrollo del proyecto y logrando materializar el “derecho” a la ciudad.

El legislador podrá tener buenas intenciones, pero ¿a costa de qué? De la eliminación del concepto de propiedad al dictarle a las personas de la sociedad cómo tienen que usar su propiedad. A costa de la expoliación realizada a los individuos productivos de la sociedad. A costa de la tranquilidad de actuar como uno considere más apropiado por la amenaza de fuerza si uno no cumple lo que le ordenan. ¿Es esta la sociedad en la que queremos vivir? ¿Subyugados a la decisión de un legislador arbitrario?

No trataré las consecuencias económicas de estos actos inmorales ya que mi propósito es demostrar como el “derecho” a la ciudad alude a un falso concepto de comunidad para excusar el uso de la fuerza. Además que muchos legisladores descartan la evidencia económica y abogan por medidas coercitivas bajo el prejuicio que el altruismo es una guía moral (el famoso “hay que ser políticos”), y asumen que todos estamos dispuestos a sacrificarnos por el bien común. Cuando en realidad, para que este exista, no debe existir tal cosa como sacrificio.

La disciplina urbana ha perdido su dirección. Se encuentra dirigiéndose a la mal llamada “ciencia” de la ciudad, la cual intenta analizar la urbe como el campo de batalla de la lucha de clases. Asume que la creación de riqueza dentro de las ciudades ya se encuentra dada, y que lo único que resta por hacer es distribuirla. Con esto, creen haber identificado la causa de las injusticias sociales, dando como resultado políticas que en lugar de solventar dicha situación, la acentúan al destruir el carácter dinámico de la ciudad.

El urbanismo no puede sostenerse de una teoría cuya epistemología y moral no posean congruencia metafísica. Este tiene que dirigirse a una teoría urbana basada en la acción humana cuyo origen es el individuo y no la masa, basada en la realidad tal cual es (teoría de la utilidad marginal) y no en supuestos que intentan alterar la misma naturaleza del hombre y sus relaciones. Una teoría basada en lo que el genuino derecho es (libertad de acción), y cuyo propósito debe ser el de permitir a los individuos dentro de la sociedad construir su propio plan de vida, su propia comunidad, sus propias valoraciones, su propio hogar, su propia urbe.

1 La Riqueza de las Naciones, Adam Smith, 2005.

2 La Ley, Frédéric Bastiat, 2003.

3 Writings on Cities, Henry Lefebvre, 1996.

4 La Ley, Frédéric Bastiat, 2003.

Rudy M. Pineda

Arquitecto por la Universidad Francisco Marroquín. Profesional interesado en el urbanismo de libre mercado. Recientemente miembro de Red Rana (http://redrana.org/), organización privada, independiente y [pro]-lucrativa, concebida como un centro de pensamiento sobre ambiente y recursos naturales basado en los principios de propiedad privada y libre mercado. "La ciudad (Guatemala), como problema, se resuelve eliminando regulaciones arbitrarias. No solo a nivel urbano sino, principalmente, a nivel económico. Por que el rendimiento de una ciudad es el resultado del nivel de libertad de la sociedad."

Únete a la discusión

Loading comments...